recuerdos del pasado, antigüedades del ahora

martes, 4 de enero de 2011

DESCRIPTIVA


Y así fue, tal y como esperaba, creamos una situación forzada voluntariamente metida en una olla a presión deseando que explotara. Un cóctel de deseo, atracción y necesidad se metió en su habitación y alcanzar el clímax parecía inminente. De todas formas, yo seguía con los pies en el suelo y no pensaba mover ficha, me limitaba a tensar las circunstancias para que el ambiente fuera más acogedor y él se viera casi obligado a sucumbir a todo ello. No hubo más que yacer tumbada en su cama y provocar un contacto que él hubiera notado frío, estímulo al cual no tardó en responder rodeándome con sus brazos, calentándome las manos. Todavía recuerdo su respiración en mi nuca, mientras se iba creando uno de los instantes más felices de nuestras vidas, mano contra mano, yo le daba la espalda y sentía su aliento cada vez más cerca, así como todo su cuerpo. La distancia entre el uno y el otro iba desapareciendo, sus pequeños movimientos seguían la dirección de mi cuerpo, hasta quedar pegados como si quisiera que resultáramos uno. Debido a la proximidad que se mezclaba con el apetito que teníamos el uno con el otro, cayó como si de un precipicio se tratara en esa tierna tentación y sentí cómo estrellaba sus labios en mi cuello, puedo jurar que el tiempo se paró en aquel momento. Cuando quise darme cuenta estábamos empapados, cuerpo a cuerpo, desnudos, bebiendo de ambos, calmando la sed. Perdí la noción del tiempo, del espacio y de las desagradables circunstancias que rodeaban nuestras vidas y concedían a ese momento ser sólo un paréntesis sin importancia. No atañían ni las consecuencias ni el pasado, el mundo se redujo a nosotros dos. Dosis de entusiasmo en vena que me proporcionarían un horrible síndrome de abstinencia en el momento justo en el que volver a la realidad fuese obligado.

Mâcon, todo lo que se ha perdido por el camino y ganas de ultramar (France)

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