Por fin! por fin he descubierto qué dos grandes sentimientos ponen mi cerebro en marcha acechándo y amenazando las teclas de mi computadora. Hasta entonces, fue fácil adivinar que la tristeza era una de esas sensaciones dolorosamente oportunas que invitaba a un cóctel de palabras desordenado en mi sesera a obedecer durante la creación de líneas afiladas como dagas, con el fin de exteriorizar parte de la mierda que se me había incrustado dentro. Pero aquello no lo era todo. La rabia. La rabia se apoderaba de los pasajes más recónditos de mi cuerpo, la sentía palpitar, latiendo, contrayéndose en los ventrículos y siendo brutalmente escupida de entre las válvulas, el vómito literal del corazón. Como conductos residuales de cloaca, las venas, llenas de sangre, contenían cargas de rabia que se ramificaban por todos mis órganos hasta lograr un círculo vicioso y renovable.
No es un motivo para hallar muerte, ni siquiera cuando el pulmón se nutre de ese veneno cabrón, ni siquiera cuando la energía burbujeante que contrae los músculos y alimenta las células está tan sucia como la herida de un mar que nadie cura. Una herida profunda y supurante, una suma de material que no ha absorbido nada y nadie se ha molestado en sacarle.
Sí, el dolor producido por ese sentimiento tenaz pone mis neuronas también en funcionamiento y el hecho de regurgitar mis ideas ordenadamente bellas sobre un lienzo de papel en blanco, reduce la cantidad de éste en mi organismo. Limpio mis arterias y dejo espacio para el aire puro y los movimientos harmónicos.
Mâcon, Dejaste de ser el sujeto de mis pensamientos y de mis mayores logros, por fin te has quitado del medio (La France).
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